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El autobus

10 agosto 2009

Si alguien hubiera preguntado porqué no se había sentado nadie en ese asiento, a pesar de que el bus estaba abarrotado, nadie habría sabido responder. Los seres humanos guardamos aún un instinto, una sombra del tiempo en el que no dependíamos de nuestra inteligencia. Ese instinto nos hace actuar, a veces, de modo incomprensible para la mente. Sin embargo, ahí estaba el asiento vacío a los ojos de los humanos.

En el asiento de al lado, no obstante, una procesión de gente había estado desfilando, sentándose y levantándose en las diferentes paradas. Quizá alguien notaría el intenso olor a cera, pero nadie oyó los cristales rotos ni el tic-tac del reloj. Y es que, pensó la Muerte, con móviles y aparatos de música en los oídos, las cosas ya no son lo que eran.

Sentada cerca de la ventana, tal y como le gustaba cuando iba en bus, observaba a los mortales en sus idas y venidas. En ese autobús había buenas personas; personas con ilusiones y con familias. Personas inocentes que iban a pagar la masacre de Palestina hecha por los gobiernos. Pero ella no estaba allí para juzgar; ella no decidía quién se iba y quien se quedaba. Miró el reloj, y sacó su lista. Todos los viajeros estaban en ella; no tardaría en llegar.

El muchacho se sentó con actitud inquieta pero firme al lado de la Muerte. Ella lo miró con curiosidad, y quizá con algo de admiración. ¿Cuánto tiempo habría pensado el muchacho en ello? La Muerte lo entendía, vaya si lo entendía. Había estado al lado de los niños en las escuelas, en los hospitales. En los que huían y se escondían, en los que luchaban inútilmente por defender a sus familias. Pero ella no juzgaba.

El chico acarició con cuidado los explosivos bajo su chaqueta, y murmuró

- Alabado sea Alá

De antiguas notas

12 julio 2009

Esto lo he encontrado en un cuaderno bastante antiguo. Qué abuso más gongoriano!

"... y doblegarse finalmente a los brazos de la Muerte, como una reverencia a los aplausos de un último requiem. No, aquel no era el destino que ella deseaba, y sin embargo, hacia él corría despavorida, buscando entre las sombras un lugar donde doblegar el sufrimiento.

Las alas grises del ángel que había perdido la esperanza se agitaron, renegando del oscuro destino que les aguardaba lejos del cielo. Ella miró a las nubes a modo de despedida. La hora había llegado, las campanas a los lejos, replicaron los últimos latidos de un corazón que se transformaba en asfalto..."

La niña del abrigo rojo (III)

12 junio 2009

De pretender ser un buen pastelero a serlo, el camino es muy largo.

Todos tenemos una pastelería, y a muchos, nos encantaría tener dulces pasteles con la que llenarla. Construimos una idea, un "cómo debería ser", y nos aferramos a ella tanto, que creemos que es real.

Y pintamos un lienzo, y lo ponemos en el escaparate. ¡Es tan fácil dibujar pasteles!

Entonces pretendemos que se nos juzgue, que se nos ame, por los pasteles dibujados. Al fin y al cabo, son nuestros pasteles. Funciona, la mayoría de las veces... Los adultos que entran en la pastelería, en realidad, no quieren los dulces; colesterol, dietas, tensión... Ellos entran y no se paran a comprobar la realidad de los pasteles porque a lo sumo buscan una barra de pan. Hacer pan es un poco más difícil que dibujar pasteles, pero también somos perfectamente capaces.

A los niños no se les puede engañar. Cuando el niño entra en la pastelería sí quiere los pasteles prometidos. Se da cuenta del lienzo y a pesar de ello, confía en el pastelero que ha sabido dibujarlos, y los pide.

Y el pastelero, oculto tras su propia mentira, cree que puede hacerlos tan buenos o más que en el dibujo. Se pone manos a la obra, se da cuenta de que no sabe, de que el lienzo no es suficiente, de que los ingredientes no son suficientes. Y le da al niño un trozo de pan, sonriente, esperando que se conforme mirando el lienzo.

Pero el niño quiere su pastel, y no entiende nada, y se siente engañado y burlado por el pastelero.

La niña del abrigo rojo está en la otra acera, mirando como el dueño de la pastelería recoge y se va para nunca más volver. Se marcha a otra calle, a otro barrio, donde poner su lienzo en el escaparate y volver a creer que es un gran pastelero. Quizá lamenta haber engañado a la niña al engañarse a si mismo. No es la primera pastelería que la niña ve cerrar después de echarla, y al menos le queda el consuelo de que, realmente, nunca hubo pasteles y ni él lo sabía. Dice que se va para aprender. Otros han dicho lo mismo, y ahora hay otras pastelerías con otros lienzos que venden barras de pan y no dejan pasar a los niños. Las personas no cambian.

- Yo no tengo pasteles - dijo otro niño a su espalda, desde un portal polvoriento - Pero puedes quedarte aquí el tiempo que quieras, que hace menos frío. ¿Quieres pan?

- Yo tampoco tengo pasteles - respondió la niña, tendiéndole a cambio del mendrugo, un arrugado y sucio sobre de azúcar.

Fragmentos de una carta no entregada

21 mayo 2009

A veces escribes a alguien, y te das cuenta de que el receptor, en realidad, siempre fuiste tú mismo.
Hace poco escribí una carta en una biblioteca. Era una carta para alguien, pero sé que no la entregaré. Han cambiado muchas cosas desde entonces. Cuando acabe de copiar, la romperé y la tiraré a la basura.

Hoy hace el mismo calor, y estoy también en una biblioteca.

He eliminado todos los nombres y alusiones personales. Ni siquiera las letras coinciden con las iniciales.

C.:
Al escribir tu nombre vuelven a mi los recuerdos de tu viaje a G. No, de tu viaje no, del mío, cuando me imaginaba como el viento acompañándote hasta D.

Hoy el papel no es tan bonito.

Hace el calor húmedo propio de la selva, el que precede a una tormenta. Siempre que noto este calor pienso en los bosques ancestrales, plagados de criaturas de las que ya no existen más que huesos congelados en piedra. Sombras en la roca.

Es lo que siempre fuimos, C. También los seres humanos, nuestra civilización, nuestras diferencias, nuestras guerras... una casualidad, una gota de agua en el océano del tiempo.

Pero aquí estoy, escribiéndote. Quizá llueva al fin antes de que acabe. Quizá entonces te hable de los salmos silenciosos y los secrestos que se susurraban alrededor de una hoguera. ¿Qué estás haciendo tú? ¿Estarás en A.? ¿En M.? ¿De viaje, quizá? Para mi estás ahora sentado con una taza caliente, hablando con tu madre. Para mi, todos sonríen y se alegrande verte, y tú de verlos a ellos.

Tengo miedo, C. No sé qué va a pasar, no sé dónde me llevarán los pies, que ya no son los míos. Porque me siento arrastrada por una corriente cada vez más fuerte, y lo único que puedo decidir es si seguir luchando por respirar.

Me he dado cuenta de que veo, cada vez más, el viaje a A. como un oasis, más aún, como una salvación. Y caigo en la cuenta de que seguramente no sea así. Cambiar de guerra no es estar en paz. Estoy aterrada, pegando con celo las piezas del carrito de una montaña rusa que se deshace en plena marcha, rezando para que no fallen los frenos. No, C. No estoy poniendo remedios reales y definitivos; sólo paraches. De momento funcionan, pero sé que todo sigue averiado y más temprano que tarde se romperá.

(...)

¿No fueron los celtas los que acabaron con lo que habían cimentado los griegos? ¿Acaso no copió la Iglesia la estructura piramidal de los druidas, sumiendo a Europa en la Edad Media? ¿Qué hay en mi? Camino, sí, con un pie en la realidad y otro en los sueños, y por eso cojeo tanto.

Aún no llueve.

Hay una rosa amarilla y marchita olvidada en un florero. ¡Es tan triste! No me gusta este sitio. Es la biblioteca que queda más cerca de casa, pero no volveré más. Las persianas están bajadas y tienen polvo; hace mucho que no se mueven. La luz es fría y mortecina, las estanterías se han convertido en un asilo de ancianos de páginas amarillentas, llenos de política y odio disfrados de historia. Ancianos sucios y maleducados, acumulados, ocultando el estante en realidad vacío.

Ni siquiera hay silencio.

Silencio.

E.

El Médico

12 abril 2009

El dr. Fuentes caminó pesadamente por el pasillo oscuro del hospital. Era su cuarta guardia esa semana y estaba cansado. Especialmente de ese pasillo; se sentía como un submarino en medio de un campo de minas. 
Su mujer había dado a luz hacía pocos días. Rendida, le esperaba cada mañana para que él se ocupara de la niña e ir a trabajar después de una noche de pañales y llantos. Después de noches como aquella, él sólo quería dormir. Supuso riendo que ese era el motivo por el que el ser humano se había hecho social, para hacer turnos cuidando a los bebés. Al fin y al cabo, no era una idea tan descabellada. 
Aquel pasillo tenía algo de terrible. El pasillo de los internos de psiquiatría, con cerraduras de seguridad y habitaciones acolchadas. Por fin alcanzó el cuarto del  que había recibido la llamada. 273. La interna, Isabel García, era como una olla a presión que podía estallar violentamente al más mínimo roce. De hecho, podía estallar incluso sin roce. Llamó y esperó educadamente a que Isabel respondiera, aunque él tenía la llave de la puerta y no tenía por qué.
- Pase, doctor.

El dr. Fuentes giró la llave y con un leve chirrido la puerta se abrió. Isabel estaba sentada en el suelo y se estaba arrancando el pelo. El poco pelo que le quedaba, pues se estaba quedando calva a causa de esa costumbre. El médico saludó, cerró la puerta con cuidado y se sentó sobre la cama, dejando la carpeta lejos del alcance de la enferma y entrelazando los dedos.
-¿Qué ha pasado, Isabel?
- Oh, dr. Fuentes. Cuánto me alegro de que sea usted quien esté esta noche para ocuparse de esto.
El doctor sintió una punzada que supo disfrazar de sonrisa. Aquel halago no significaba algo bueno, más bien al revés. Significaba que a partir de ahora Isabel sólo querría que el dr. Fuentes se ocupara de aquel asunto. Significaba doblar turnos, significaba llamadas en plena noche. 
- Escuché un grito en la habitación de al lado...
Significaba muchas horas extra lejos de su familia, lejos de lo que de verdad le importaba. Pero este era su trabajo, su deber...

La niña del abrigo rojo (II)

26 marzo 2009

Tenía las manitas tan frías que el cristal del escaparate le pareció cálido al tacto. Dentro de la pastelería había gente feliz, comiendo exquisitos pasteles. Otros niños la miraban desde dentro con la boca manchada de chocolate.

La niña trató de entrar, pero el pomo de la puerta estaba demasiado alto. A sus pies, sin embargo, encontró un envoltorio manchado de nata. Se arrodilló, lo olió y comenzó a lamerlo disfrutando hasta la última miga. Antes de que pudiera acabarlo un hombre salió y la empujó sin nisiquiera mirarla. Pero en la acera, el hombre había dejado caer otro envoltorio, esta vez manchado de chocolate.

La niña gateó por la nieve y aferró el envoltorio como un tesoro, acurrucándose en un rincón de la entrada. Cada vez tenía más frío, pero poco a poco se dio cuenta de que allí podía recoger los envoltorios. Nunca entraría en la pastelería, pero si era capaz de soportar los empujones y las miradas desde dentro, podría quedarse con las migajas.

Nevó durante varios días y la pequeña era cada vez menos persona. Su abrigo dejó de ser rojo para tornarse de un pardo sucio y húmedo, sus manitas se volvieron como garras y sus ojos afilados perseguían a los clientes en busca de envoltorios, sobre los que saltaba en cuanto tocaban el suelo. Ya no era una niña dulce, sino un animalito salvaje. Ya no sentía hambre ni frío, ni deseaba entrar en la pastelería. Hasta ese día.

Ese día, el pastelero abrió la puerta y le pidió que entrase. Ella rehusó y el pastelero insistió, prometiendole un pastel una y otra vez hasta que la niña entró.

Y entró. Y se sintió admirada por la luz dorada. Y lloró, y abrazó al pastelero.

Y el pastelero la apartó y rió.
Y los clientes rieron.
Y la niña, con los ojos llenos de lágrimas no entendió nada al principio. Y la tomaron en brazos, y la volvieron a empujar fuera diciendo "tonta, ¿creías que esto era para ti?"

Y la niña se prometió a si misma no volver a entrar nunca...

La niña del abrigo rojo

29 octubre 2008

Nevaba.

Puede que no fueran ni siquiera las siete de la tarde, pero a esas horas en invierno ya es de noche. La niña empezó a sentir frío mientras caminaba por la acera; pero había perdido los guantes y el gorrito.

En realidad, ella también se había perdido. Estaba sola, y a su alrededor las farolas iluminaban con luz mortecina una calle casi vacía. A nadie le importaba su nariz roja ni su abrigo húmedo. Tropezó, y para levantarse tuvo que apoyar sus manitas en la nieve. Ahora empezaban a estar insensibles por el frío.

Una luz dorada llamó su atención. La luz de un escaparate, del escaparate de una pastelería...

Sangre

16 septiembre 2008

La luz que atravesaba la ventana atravesó también sus párpados. Despertó con una sonrisa, como se despierta cuando se ha dormido suficiente. A su lado, aún dormido, él respiraba despacio, confiado.

Mientras se desperazaba miró a su alrededor. Sábanas blancas y ropa tirada un poco por cualquier parte. Él había llegado de noche y no había querido despertarla. Sus pantalones, su camisa...

... dios santo, su camisa. Había vuelto a hacerlo.

Ella se levantó con cuidado y con los ojos empañados en lágrimas tómo la camisa manchada de sangre. La pistola con el silenciador descansaba en la mesa; el maletín, en el suelo. Tenía que llamar a la policía.

Él era mucho más que un asesino. Era el único que había logrado arrancarle un te quiero del fondo del alma; era atento y cariñoso con ella, un auténtico ángel. Por ese motivo se sintió desfallecer cuando él, aún medio dormido, la miró sonriendo con sus preciosos ojos castaños desde la cama.

- Hey.... Buenos días - susurró, estirando los brazos - ¿No vienes? Hoy es Sábado

- Pensé que no te ibas a despertar nunca - respondió ella con dulzura. Soltó la camisa y se metió en la cama de nuevo.

Él la atrajo hacia sí y la besó con ternura. Y mientras le decía con caricias cuánto la amaba, ella olvidó todo. La policía, la sangre, las muertes... todo dejó de existir. Sólo importaba él, sus labios, su aliento. Su sonrisa enamorada.