Me senté en el borde del pozo, a la sombra del roble que empieza a tornarse dorado. Metí en el agua mi mano derecha; está casi helada, pero es agradable. Una bellota cayó con un chapoteo sordo y un salmón se apresuró a comérsela, rozándome con la cola al pasar. El salmón, el pozo, el roble. No he venido a buscar consejo, sino respuestas.
Se retrasa.
El viento acaricia la hierba, haciendola ondear. Su sonido en las hojas del roble me recuerda al mar, y eso me tranquiliza. Y el sol sigue su camino en el cielo, aunque las nubes no me dejan verlo.
Cuando empieza a oscurecer oigo sus pisadas a mi espalda. Supongo que a ella también le gusta hacerse esperar. O quizá he estado distraída mirando el mar de hierba y el salmón y no en llamarla. O tendría otros asuntos, quien sabe. El mundo de los guías me es desconocido.
Su pregunta está en el aire antes de que pueda ver sus ojos. No tiene mucho tiempo, quiere saber a qué he venido. No le hago esperar
- ¿Será grande?
- Será inmenso
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Porqué el Otoño, porqué el Invierno
26 septiembre 2008
Etiquetas: El Sendero
Sólo lo he conseguido una vez. Cuando lo logré era de noche, sin estrellas, pero la Luna brillaba tan grande que comprendí que aquel lugar no era como los demás. Sentí las olas en mis piernas y el peso de la tela blanca que me envolvía. La arena. El olor salado de la brisa. El cabello alborotado. Me encontré caminando hacia la orilla, como si hubiera nacido del mar...
El Otoño es la estación de los Guardianes. Es la estación de lo que fluye, de lo que se intuye, de lo que se acaba. Es la estación de los que no necesitan ver para saber, de los que caminan en la Niebla. De los que entienden porque sienten.
Es la estación de la aceptación; del final inevitable, de los recuerdos. Es la estación de los que deciden seguir adelante a pesar de que no ganarán.
El Invierno es la estación de la Sabiduría. Representa lo que está muerto pero vivirá, lo que está latente. Es la estación de la paciencia, de la energía, de la calma y de las sonrisas. De los ancianos y de los niños, de la ilusión. De las cosas que se guardan dentro, cuando el único calor que tienes es el del propio corazón.
A veces creo que me encuentro caminando entre ambas estaciones. No soy lo bastante fuerte para quedarme en ninguna de las dos, o quizá ambas me dan demasiado miedo. Sé que estoy más cerca del Otoño que del Invierno.
Ojalá fuera capaz de encontrar mi sitio.
El Otoño es la estación de los Guardianes. Es la estación de lo que fluye, de lo que se intuye, de lo que se acaba. Es la estación de los que no necesitan ver para saber, de los que caminan en la Niebla. De los que entienden porque sienten.
Es la estación de la aceptación; del final inevitable, de los recuerdos. Es la estación de los que deciden seguir adelante a pesar de que no ganarán.
El Invierno es la estación de la Sabiduría. Representa lo que está muerto pero vivirá, lo que está latente. Es la estación de la paciencia, de la energía, de la calma y de las sonrisas. De los ancianos y de los niños, de la ilusión. De las cosas que se guardan dentro, cuando el único calor que tienes es el del propio corazón.
A veces creo que me encuentro caminando entre ambas estaciones. No soy lo bastante fuerte para quedarme en ninguna de las dos, o quizá ambas me dan demasiado miedo. Sé que estoy más cerca del Otoño que del Invierno.
Ojalá fuera capaz de encontrar mi sitio.
El Oso
16 septiembre 2008
Etiquetas: El Sendero
- Refunfuña si quieres - le dije - Ya sé que siempre lo hago mal.
El oso se sacudió a mi lado, llenándome de agua. Al lado del río, insiste en hacerme creer que cogía algún salmón. Es su modo de decir que no aprueba mi modo de actuar.
La hierba sobre la que estoy sentada es fresca, verde y blanda. Hay restos de nieve que aún no se han derretido del todo. Pronto llegará el invierno.
Él agita una de sus zarpas en el agua, y ambos suspiramos a la vez. No sirve de nada meterle prisa. En cada uno de sus movimientos sus músculos se remarcan bajo la piel áspera de oso. Es un animal enorme, y merece cierto respeto.
De pronto se detiene. Por un instante, con la mirada perdida, parece estar pensando en algo. Se gira hacia mi pesadamente y se detiene clavándome sus ojos ocre, lo bastante cerca como para apreciar su olor salvaje.
- No lo haces todo lo bien que podrías, que es distinto.
Y desaparece.
Detrás de mi, en el bosque dorado, siento sonreír a la cierva. Ella lo sabía. Ella siempre lo sabe.
El oso se sacudió a mi lado, llenándome de agua. Al lado del río, insiste en hacerme creer que cogía algún salmón. Es su modo de decir que no aprueba mi modo de actuar.
La hierba sobre la que estoy sentada es fresca, verde y blanda. Hay restos de nieve que aún no se han derretido del todo. Pronto llegará el invierno.
Él agita una de sus zarpas en el agua, y ambos suspiramos a la vez. No sirve de nada meterle prisa. En cada uno de sus movimientos sus músculos se remarcan bajo la piel áspera de oso. Es un animal enorme, y merece cierto respeto.
De pronto se detiene. Por un instante, con la mirada perdida, parece estar pensando en algo. Se gira hacia mi pesadamente y se detiene clavándome sus ojos ocre, lo bastante cerca como para apreciar su olor salvaje.
- No lo haces todo lo bien que podrías, que es distinto.
Y desaparece.
Detrás de mi, en el bosque dorado, siento sonreír a la cierva. Ella lo sabía. Ella siempre lo sabe.
El Druida (II)
14 septiembre 2008
Etiquetas: El Sendero
- Pasa, niña. No te quedes en la puerta, hace frío.
La puerta de la cabaña chirrió, se tambaleó, y finalmente golpeó al cerrarse. En realidad, el resultado frente al frío no era diferente si la desvencijada puerta seguía abierta o no. Pero el druida ciego la mantenía cerrada. Tendría sus motivos. Siempre los tenía.
A la izquierda, el cuervo se sobresaltó por el golpe, para volver a emplumarse segundos después. Junto al fuego, de espaldas, Ywen trabajaba despacio en un mortero de madera. Olía a leña, a ganado, a hierbas. El druida murmuraba algo cada vez que añadía una nueva hoja.
- Ahí hay un par de mantas. Coge una para ti, y acércame la otra. Ya soy un anciano.
Sonrió. Ciertamente ya era un anciano, pero seguía teniendo esa energía verdosa que lo inundaba todo con su paz.
- Fíjate bien. Tienes que aprender esto.
La puerta de la cabaña chirrió, se tambaleó, y finalmente golpeó al cerrarse. En realidad, el resultado frente al frío no era diferente si la desvencijada puerta seguía abierta o no. Pero el druida ciego la mantenía cerrada. Tendría sus motivos. Siempre los tenía.
A la izquierda, el cuervo se sobresaltó por el golpe, para volver a emplumarse segundos después. Junto al fuego, de espaldas, Ywen trabajaba despacio en un mortero de madera. Olía a leña, a ganado, a hierbas. El druida murmuraba algo cada vez que añadía una nueva hoja.
- Ahí hay un par de mantas. Coge una para ti, y acércame la otra. Ya soy un anciano.
Sonrió. Ciertamente ya era un anciano, pero seguía teniendo esa energía verdosa que lo inundaba todo con su paz.
- Fíjate bien. Tienes que aprender esto.
La Cierva
30 agosto 2008
Etiquetas: El Sendero
Sé que no es real. Sé que no lo es en el sentido en el que nosotros creemos reales las cosas. Sé que, si existiera, no tendría una dimensión física. Y lo sé porque la luz se vuelve dorada y densa, las texturas, cálidas, y los sonidos, profundos y sin eco.
El bosque no es espeso pero no se distingue el cielo. Tampoco lo busco, estoy aquí porque ella me ha llamado. O quizá yo la he llamado a ella, nunca estoy segura del todo. La observo sin acercarme. Sí, es ella: el pelaje castaño, la mirada intensa. El corazón fuerte.
Camino lentamente por el sendero de arena hasta llegar a la pequeña valla de madera que me separa de su mundo. Ella también se acerca a mi por el otro lado. Siento sus pisadas, su respiración y sus latidos, aunque no los míos. Supongo que a estas alturas no nos vamos a tener miedo.
Las hojas secas no crujen, pero sí susurran las que aún quedan en los árboles. Extiendo mi mano hacia ella, y ella, la cierva, da dos pasos hacia atrás dejándome sitio para saltar la valla. No es una mascota, no ha venido para jugar. Tiene cosas que enseñarme.
Cruzo la valla. Ahora ella camina delante de mi, despacio para no perderme. No tenemos prisa; no sé dónde me lleva pero la sigo...
El bosque no es espeso pero no se distingue el cielo. Tampoco lo busco, estoy aquí porque ella me ha llamado. O quizá yo la he llamado a ella, nunca estoy segura del todo. La observo sin acercarme. Sí, es ella: el pelaje castaño, la mirada intensa. El corazón fuerte.
Camino lentamente por el sendero de arena hasta llegar a la pequeña valla de madera que me separa de su mundo. Ella también se acerca a mi por el otro lado. Siento sus pisadas, su respiración y sus latidos, aunque no los míos. Supongo que a estas alturas no nos vamos a tener miedo.
Las hojas secas no crujen, pero sí susurran las que aún quedan en los árboles. Extiendo mi mano hacia ella, y ella, la cierva, da dos pasos hacia atrás dejándome sitio para saltar la valla. No es una mascota, no ha venido para jugar. Tiene cosas que enseñarme.
Cruzo la valla. Ahora ella camina delante de mi, despacio para no perderme. No tenemos prisa; no sé dónde me lleva pero la sigo...
El Druida
28 agosto 2008
Etiquetas: El Sendero
Siempre le resultó difícil caminar de noche. Y más, a su edad. Sin embargo, necesitaba respuestas, y la luz de la luna iluminaba el camino con suficiente claridad. Pero no era la vista lo que estaba utilizando para llegar. Al menos, no la vista como el resto está acostumbrado, no la vista que distingue formas y colores. Esa, la había perdido hace mucho tiempo.
Lentamente recorrió la senda que conducía a la playa. Se apoyaba en el bastón cuando sus ajadas rodillas le fallaban, pero no tropezó ni una sola vez. Había algo más, algo que siempre le guiaba. No tropezaría. No aquella noche.
Las pieles de su capa se tornaban pesadas con el transcurso de la noche. Las estrellas se movían en el cielo, quizá amenazaba tormenta. No importaba. El hombre caminaba sin titubear, hacia el mar. La maleza se enredaba en sus piernas, causándole llagas y arañazos. También sus brazos y su rostro. El druida sabía el significado de eso; era la purificación por el dolor. No obtendría respuestas sin haber ofrecido algo a cambio; el dolor era parte del precio.
Dos horas después sus pies gastados notaron la hierba amable y el suelo blando. Casi había llegado; era el momento. Se descalzó, se quitó las pieles y abandonó el bastón que lo había sostenido hasta entonces, quedándose únicamente con una ajada tela blanquecina que a penas lo cubría. Sonrió imaginándose a sí mismo. Debía ser un anciano. Tambaleándose, se arrodilló y besó la hierba; luego, con un gemido se puso en pie y proxiguió hasta que sus pies sintieron la arena de la playa, y la voz de aquel a quien había venido a visitar.
Caminó un poco más, hasta que la brisa del mar lo envolvió, y se sentó en la arena, inmóvil.
Las estrellas siguieron su rumbo en el cielo, y la luna amenazó con esconderse.
Él no se movió.
El mar lamíó sus pies con la calma segura de un depredador, y horas después, se retiró, dejándole empapado.
Él no se movió.
El calor de los primeros rayos de sol templó su rostro. Oyó entonces unos pasos que se aproximaban, inquietos y rápidos. Los pasos de un niño.
- Maestro, estaba preocupado. ¿Ya ha hablado con el mar?
El druida sonrió. Aún tenía muchas cosas que enseñar a aquel niño.
- ¿Hablar? Yo no hablo con el mar, hijo mío. Yo sólo escucho.
Lentamente recorrió la senda que conducía a la playa. Se apoyaba en el bastón cuando sus ajadas rodillas le fallaban, pero no tropezó ni una sola vez. Había algo más, algo que siempre le guiaba. No tropezaría. No aquella noche.
Las pieles de su capa se tornaban pesadas con el transcurso de la noche. Las estrellas se movían en el cielo, quizá amenazaba tormenta. No importaba. El hombre caminaba sin titubear, hacia el mar. La maleza se enredaba en sus piernas, causándole llagas y arañazos. También sus brazos y su rostro. El druida sabía el significado de eso; era la purificación por el dolor. No obtendría respuestas sin haber ofrecido algo a cambio; el dolor era parte del precio.
Dos horas después sus pies gastados notaron la hierba amable y el suelo blando. Casi había llegado; era el momento. Se descalzó, se quitó las pieles y abandonó el bastón que lo había sostenido hasta entonces, quedándose únicamente con una ajada tela blanquecina que a penas lo cubría. Sonrió imaginándose a sí mismo. Debía ser un anciano. Tambaleándose, se arrodilló y besó la hierba; luego, con un gemido se puso en pie y proxiguió hasta que sus pies sintieron la arena de la playa, y la voz de aquel a quien había venido a visitar.
Caminó un poco más, hasta que la brisa del mar lo envolvió, y se sentó en la arena, inmóvil.
Las estrellas siguieron su rumbo en el cielo, y la luna amenazó con esconderse.
Él no se movió.
El mar lamíó sus pies con la calma segura de un depredador, y horas después, se retiró, dejándole empapado.
Él no se movió.
El calor de los primeros rayos de sol templó su rostro. Oyó entonces unos pasos que se aproximaban, inquietos y rápidos. Los pasos de un niño.
- Maestro, estaba preocupado. ¿Ya ha hablado con el mar?
El druida sonrió. Aún tenía muchas cosas que enseñar a aquel niño.
- ¿Hablar? Yo no hablo con el mar, hijo mío. Yo sólo escucho.
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